Por Manuel Trejo
Se sostiene, a partir de lo sentenciado por algún futurólogo, que nos encontramos inmersos en la denominada sociedad del conocimiento. De tal aseveración pueden hacerse varias interpretaciones. Una, expresable en la máxima "saber es poder" admite dos lecturas: política una, moral la otra. La política permite inferir varios enunciados que, según se tomen conjunta o alternativamente adquieren mayor o menor verosimilitud al confrontarse con la realidad histórica. Así lo atestigua la historia de los descubrimientos científicos. Nos muestra que gran parte de ellos han estado vinculados de alguna manera a los grupos de poder. Sea porque el gobierno de turno ha financiado investigaciones destinadas a mejorar la capacidad bélica del país respectivo o, en la paz, aquellas que son funciones indelegables del estado, pero que favorecen políticamente al grupo en el poder, o porque poderosos sectores empresarios han invertido cuantiosos fondos en la investigación científica básica o aplicada, orientada a mejorar la productividad de sus empresas y consecuentemente multiplicar las ganancias.
El incremento del potencial científico de las naciones más desarrolladas ha sido causa y consecuencia de la acumulación de su poderío político y económico, que les confiere una posición hegemónica en el concierto mundial. La economía capitalista ha llegado así al estadio actual de la llamada globalización, caracterizada por la formación de descomunales y poderosos grupos financieros, factible debido a haberse enancado en el gran desarrollo de la informática que posibilita rapidísimos flujos de dinero a cualquier lugar del mundo al estar disponible, en "tiempo real", todo tipo de información económica, política y social. Se da entonces un doble juego de mimetización: de lo económico en lo político y viceversa, aunque en la mayoría de los casos se aparente mostrar respeto por las formas institucionales y se niegue públicamente que haya colusión entre intereses públicos y privados. El estado no reniegua de sus funciones socialmente útiles tales como la educación, la salud, la seguridad y el apoyo a la investigación científica con fines pacíficos. Sucede en la mayoría de los casos que el grupo en el poder, si las cumple bien, suele obtener réditos políticos. Los empresarios a su vez, en ciertas ocasiones, estarán dispuestos a subsidiar instituciones dedicadas a la investigación científica, motivados por razones morales o para descargar de impuestos sus rentas o para mejorar su imagen ante la opinión pública.
En lo anterior nos estamos refiriendo al "saber" como una forma de apropiación del conocimiento, por lo común generado libremente en la comunidad científica, para lograr dominio sobre sectores de la economía, la política y la sociedad. En tales condiciones el saber, resultado de la investigación científica, se convierte en un valor cotizable en el mercado; lo que no obsta que pueda servir de soporte para la adquisición de otros conocimientos utilizables o no por los factores de poder.
Por lo demás, el saber confiere a quien lo posea otro género de poder: el de reproducirlo enriqueciéndolo, y aplicarlo entonces a mejorar el conocimiento de la realidad material y humana y, consecuentemente, las condiciones de existencia dirigidas al bien común. Es esta la lectura moral del saber como poder, como capacidad para comprender las posibilidades prácticamente infinitas de la ciencia si se la aplica al conocimiento de los factores que limitan el desarrollo humano; en suma, de ponerla al servicio del interés general, por sobre los intereses de grupo. El conocimiento en desarrollo y sus resultados sistematizados, en que consiste la ciencia, es un proceso dinámico que se da tanto en las mentes individuales de los investigadores, como en los grupos especializados de la comunidad científica. En ambos casos estarán influyendo las motivaciones de los actores para alcanzar las metas propuestas. De entre ellas no son menos legítimas las relacionadas con el deseo de destacarse y alcanzar el reconocimiento tanto de sus pares como de toda la sociedad.
Para nosotros los aspectos morales inherentes a la generación, ejercicio y posesión de conocimientos derivados de la investigación científica son de fundamental importancia para la sociedad. Para fundamentar la afirmación haremos el análisis de una situación supuesta pero para nada imposible.
Imaginemos un químico que finalizados sus estudios de grado obtiene un doctorado, para dedicarse después a la investigación experimental. Transcurridos algunos años llega a resultados de aplicación tecnológica inmediata, es decir útiles a la sociedad si se toma el criterio corriente de utilidad, con el que se cohonestan determinados productos de la ciencia.
Vale la pena recordar que la utilidad se ha mantenido y se mantiene como criterio no sólo para determinar la aceptabilidad de un logro científico y sus eventuales derivados técnicos. También fue adoptado como fundamento de teorías éticas utilitaristas. Y con significados parcialmente equivalentes al de placer y felicidad, de las por ello denominadas teorías eudemonistas de la moral. Decimos eso porque consideramos que se da una zona de convergencia entre la utilidad social de los resultados teóricos y prácticos de la investigación científica y las consecuencias morales de su aplicación. Si es así, se impone ineludiblemente una cuestión básica. La de averiguar si se puede establecer una equivalencia completa, graficable en la siguiente fórmula: ética y moralidad = utilidad = deseabilidad = felicidad = placer. Arduo problema filosófico si lo hay. Tan complejo como el de armonizar las relaciones entre la moral subjetiva y la moral objetiva. Entre el imperativo categórico asumido por la conciencia personal y el relativismo sociológico más crudo, cuando se trata de dar razón de la moral. Me parece que aceptarlas como identidades completas puede llevar, y de hecho ha llevado a veces, a confusiones lamentables.
Sigamos a nuestro imaginario científico. Ha llegado a desarrollar un compuesto con propiedades “eficaces” para eliminar plagas de la agricultura; mejora, por tanto, los rindes de las cosechas. Pulbica su paper en una prestigiosa revista científica; el trabajo le da cierta presencia en los foros científicos específicos. Patenta la fórmula y la vende a una importante empresa de productos químicos. Ésta incrementa sus ganancias. Se generan nuevos puestos de trabajo. Aumenta la riqueza social. En fin, se van cumpliendo los requisitos tomados normalmente para certificar la utilidad del hallazgo científico.
Pero he aquí que transcurrido cierto tiempo se verifica un gradual proceso de destrucción de especies anímales autóctonas, y aparecen síntomas de intoxicación entre los trabajadores rurales de la zona. Estudiado el caso se llega a comprobar la presencia de los elementos activos del plaguicida en los organismos de las personas afectadas. Se podría argumentar que puede haberse cometido errores "humanos" en la determinación de los índices de toxicidad y letalidad del producto, pero que la teoría y el método utilizados en su fabricación son científicamente inobjetables. Respondamos que la naturaleza no comete errores. O mejor dicho, no tiene sentido afirmar que la naturaleza se equivoca. Equivocarse es un triste privilegio que les cabe en exclusividad a los humanos. Las consecuencias de un hecho erróneo son de la responsabilidad de actores humanos, próximos o remotos en el pasado. Significa que toda acción, toda actividad, de cualquier naturaleza que sea, conlleva una responsabilidad; dicho de otra manera, es portadora de una carga moral.
¿Habrá que decir lo mismo del resultado, del producto de esa acción o actividad, independientemente de la intención que las precedió? ¿Ser moralmente bueno o malo es una propiedad asignable a los objetos, a los productos de esa actividad? En un sentido estricto, no; en un sentido traslaticio sí. En rigor no se trata de una propiedad que pueda ser como materialmente absorbida por los objetos resultantes de la actividad humana. Es más bien una propiedad implícita que se incorpora al espacio axiológico intersubjetivo [1] -en cierto modo asimilable al superego de los psicoanalistas-, que se actualiza, diríamos que se dispara, ante la presencia del objeto que, en ese momento, opera como soporte de un estímulo capaz de desencadenar una acción moral En este sentido podemos decir metafóricamente que apenas producido por la actividad humana, el objeto se carga de una energía potencial de naturaleza moral, independientemente de las intenciones que hayan motivado su producción. Dicho de otra manera: una vez lanzado a la existencia, todo producto de la actividad humana, mejor dicho, su significado, se instala en el espacio axiológico intersubjetívo y adquiere entonces la potencia para actuar como un estímulo desencadenante de una acción moral. Nos atrevemos a afirmar, pues, que todo producto de la actividad humana adquiere una carga moral. Porque sus efectos morales se pondrán de manifiesto cuando la cosa creada sea usada por terceras personas que se beneficiarán o perjudicarán. En consecuencia parece débil la doctrina de la "neutralidad ética de la ciencia", sostenida por algunos filósofos de la ciencia.
Una situación como la descripta pone en evidencia los peligros de la "torre de marfil" en la que suelen encerrarse algunos científicos. Ciertamente en el proceso de investigación hay una parte de azar, de modo que la incertidumbre es un ingrediente del quehacer científico ya que, en rigor, no se puede estar seguro del resultado hasta su consumación. Pero llegados al final deberían formularse las preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Debemos preocuparnos por los efectos, buenos o malos, del hallazgo?
Advirtamos que la palabra bien se usa por igual en el campo de la economía, ciencia de la utilidad, y en el campo de la ética, ciencia de la moralidad. Como aquello que siendo transable satisface una necesidad material, en la primera; y aquello que, moviendo al servicio del prójimo, trae satisfacción espiritual en la segunda.
Puede decirse que una teoría científica, un dispositivo tecnológico, una manufactura, una artesanía, un poema, un cuadro, una escultura, un libro, son objetivaciones de la humana actividad creadora. Y que, por lo tanto, surgen del efecto sinérgico de la inteligencia, la voluntad, la afectividad y la pericia, para concretarse en un resultado, en una obra, a la que. de alguna manera sutil se le transfiere una carga moral. Las cosas creadas por el hombre, podemos decir, pasan así a ser objetos morales. Estamos, pues, ante una producción, una construcción, una fabricación emergentes de una actividad humana, que por sus propias naturalezas arrastran indefectiblemente consecuencias que afectan, bien o mal a otros. Se dirá que en tales casos corresponde hacer un balance de "costo-beneficio" en el sentido de comparar los efectos positivos con los negativos. Método que insensiblemente puede derivar en un relativismo radical, al reducir la cuestión moral a un cálculo de la "masa crítica " de inmoralidad tolerable en la acción humana. O, por contrario sensu de la "mínima moralia” (Theodor Adorno) necesaria para dar sustento ético a la sociedad.
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[1] Por espacio axiológico instersubjetivo entendemos el universo de representaciones estimativas o escala de valores, compartidas por una comunidad cultural determinada.
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