noviembre 19, 2007

PRO Y CONTRA DE LA CRISIS.

Por Manuel Trejo
Parece que la crisis fuera el estado natural de la condición humana. Sus varias significaciones pueden reducirse a la siguiente definición general: crisis es la perturbación del desarrollo regular y equilibrado de todo proceso del que, conforme a lo ocurrido en el pasado, pueden esperarse determinados resultados que no llegan consumarse o se producen cambiados.
La gran complejidad de las relaciones sociales y su consecuencia: el conflicto de valores e intereses, es el signo distintivo de nuestra época. El libre juego de las fuerzas antagónicas tendría un efecto destructivo si los hombres en sociedad no hubieran llegado a tener una clara conciencia de que es necesario intervenir para crear las condiciones que favorezcan situaciones existenciales armónicas. En lo individual para alcanzar el equilibrio característico propio de la sana madurez personal; y en lo social disipar los factores causantes de tensiones entre individuos y grupos. No debe motivar tal intervención el propósito de desviar compulsivamente el curso natural de las cosas sino remover o paliar los factores desencadenantes del conflicto. Interesa, entonces, someter a análisis aquellas situaciones de conflicto sobre las que sea posible intervenir por medio de agentes personales o institucionales con la misión de actuar pedagógica o terapéuticamente sobre los síntomas de perturbación. Para el análisis, no es suficiente un mero abordaje "nosológico", que implicaría definir previamente las enfermedades existenciales: anomalías culturales, sociales, políticas, religiosas y psicológicas. No es del caso pensar en anomalías históricas, para no caer en el contrasentido de afirmar la existencia de "enfermedades de la historia", puesto que, por una parte, la historia no es otra cosa que la concatenación diacrónica de los sucesos considerados antecedentes del que concentra nuestra atención y, por la otra, es la correlativa narración interpretativa del proceso en el que se insertan temporalmente. Por lo tanto en la historia caben tanto los sucesos normales como los anormales, los positivos como los negativos. Parecería que algunos historiógrafos hubieran sentido predilección por destacar lo anormal y lo patológico como hitos fundamentales del devenir de los asuntos humanos.
Si como tan acertadamente señala Carlos París "ser hombre es vivir en perpetuo riesgo ontológico, porque significa, dentro de ciertos límites, fabricamos nuestra propia realidad" [1], la adversidad, el choque, el obstáculo, la lucha, son ingredientes constitutivos del existir humanos, puesto que "el hombre se descubre cuando se mide con el obstáculo" [2]. El conflicto, la oposición de elementos antagónicos, la crisis son elementos constitutivos de todo sistema evolutivo biológico, psicológico o social. La evolución de estos sistemas desde estadios inferiores menos estructurados hacia superiores niveles de integración es, puede decirse, una función de su crisis latente. La emergencia de nuevas estructuras o formas de organización implica la superación de las que se han mostrado caducas o ineficaces para asegurar el desarrollo ascendente de esos sistemas. Así concebida la crisis no es la mera destrucción de un estado de cosas previo sino, más bien, el procesos de asimilarlo superándolo. Aun cuando tal idea de crisis no fuera aceptada como apropiada para dar cuenta de la esencia del hhumano, debe admitirse, creemos, como un buen referente conceptual, un adecuado modelo explicativo para interpretar su dinámica evolutiva; es decir, el ascenso desde lo menos organizado hacia formas de integración más perfectas.
El hombre, considerado como sistema bio-psico-social-espiritual, participa de la naturaleza de todo sistema evolutivo y, por lo tanto, aloja la crisis en su seno. Pero, en tanto ser sintiente, afectivo, poseedor de la inteligencia que discierne, se enfrenta permanentemente con dilemas, alternativas, decisiones que debe tomar. En oposición a la unívoca definición aristotélica, la pluridimensionalidad del hombre fue muy expresivamente destacada por el genio inconformista, o tal vez sería mejor decir el inconformismo genial de Miguel de Unamuno al señalar: "El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuacione de segundo grado" [3]. En suma, a vivir como hombre puesto que el vivir humano consiste precisamente en un permanente decidirse por esto o aquello, por lo más o lo menos, lo mejor o lo peor.
Esta situación dilemática exclusiva del hombre, que nace y se desenvuelve en la esfera del espíritu es, también, una manifestación de la crisis. Así entendida, la crisis impregna todo el ser del hombre, no como principio finalista, a la manera del sartreano "ser para la nada", sino como una de las causas motoras del devenir, de la marcha ascendente hacia valores más elevados; para llegar a habitar el "reino de la libertad", puesto que con Spinoza podemos afirmar: "Un hombre libre piensa en cualquier cosa menos en la muerte, y su sabiduría es una meditación, no de la muerte, sino de la vida".
Edgar Morin concluye un breve cuan penetrante análisis del concepto de crisis diciendo: "hoy se trata de profundizar la crisis de la conciencia para hacer emerger por fin la conciencia de la crisis"; antes manifestaba su creencia "en la posibilidad y la utilidad de una crisología" (se refiere a una posible ciencia de la crisis) a partir de la idea encerrada en este juego de palabras: la "crisis del concepto de crisis es el comienzo de la teoría de la crisis" [4].
En la misma publicación el matemático R,Thom escribe: 'la crisis conlleva siempre un elemento subjetivo que solamente puede aparecer en un ser dotado de conciencia"[...] "se halla en crisis todo sujeto cuyo estado, que se manifiesta en un debilitamiento aparentemente inmotivado de sus mecanismos de regulación, es percibido por el mismo sujeto como una amenaza a su existencia" [5]. Suponemos que Thom no habrá formulado esta apreciación en términos absolutos. A nuestro juicio, la crisis no puede considerarse solamente como un estado de conciencia; por lo que venimos considerando creemos más bien que es un componente ontológico de todas las cosas inmersas en la temporalidad que, de esta manera, evolucionan hacia la perfección o la degradación en el incontenible flujo de la "economía" evolutiva. La teoría de las catástrofes formulada por Thom podría caracterizarse, además de su aplicabilidad a otros campos, como un intento de "biologizar" las matemáticas y "matematizar" la biología; o de estudiar, no tanto numérica o algebraicamente, sino topológicamente, los aspectos cualitativos de las cosas [6]. Al mencionar las aplicaciones de la teoría de las catástrofes por el creada Thom escribía: "Si quiere saber lo que ocurre cuando tira usted una piedra a un estanque, es infinitamente mejor hacer una prueba y filmarla que tratar de teorizar sobre ello; los mejores especialistas [en dinámica de fluidos] serían incapaces, desde luego, de decirle más sobre la cuestión" [7]
Una vez conceptualizada de la anterior manera, admitiendo que el conflicto es una manifestación de la crisis, cabe la pregunta: ¿es posibleintervenir con una acción exterior para remover o al menos paliar las causas generadoras del conflicto? En el campo social, juzgar sobre la normalidad o anormalidad, lo armónico o disarmónico, lo justo o injusto, supone emitir juicios de valor con referencia a los cuales caracterizamos una situación determinada. De modo que una situación podrá calificarse de anormal cuando se aparte del equilibrio, desaparezca la armonía entre sus miembros o el recto juicio la repute injusta. En suma, cuando se compruebe objetivamente ausencia o apartamiento de los valores óptimos de vida que la comunidad se ha fijado como meta. La respuesta es afirmativa: es posible intervenir por medio de una acción social derivada de una política de promoción humana, operante sobre los elementos dinámicos favorables al cambio, intrínsecos al individuo y el grupo. Intervención que debe estar orientada por una suerte de pedagogía social, para no quedarse solamente en la modificación de las condicionen materiales de la existencia, sino y al mismo tiempo, promoviendo un cambio en la conciencia colectiva, para dotarla de las fuerzas necesarias superen las situaciones conflictívas. Tomadas al pié de la letra, cuesta aceptar posiciones aparentemente tan extremas como la a sustentadas por RJE.Park quien sostiene: "Solo donde existe conflicto, puede decirse que el comportamiento es conciente y autoconciente: sólo entonces se reúnen las condiciones para la conducta racional" [8]. Antes habíamos sostenido que la racionalidad diferenciaba el conflicto de la lucha social, distinto a afirmar, como parece hacerlo Park, que el conflicto es la condición necesaria para la aparición de la conducta racional. A no ser que abusivanente quiera aseverarse que la relación de conocimiento, esto es, el vínculo entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido, sea definible como una relación "conflictual"; o sea que el conocimiento sea el resultado de un choque entre dos contrarios: por un lado la conciencia y el entendimiento y por el otro el mundo exterior, el objeto.
El hombre, ante un conflicto, puede actuar conforme los dictados de la razón, con conciencia de los factores en juego y consecuentemente minimizando los riesgos que "amenazan la existencia". Pero no toda conducta racional es la resultante de enfrentamiento conflictivo. Salvo que se quiera afirmar, con violencia semántica, que cuando se está resolviendo un problema por la vía del razonamiento inductivo o deductivo, se está experimentando realmente un conflicto. De aceptarse tal interpretación, en términos absolutos, habría que concluir que todo acto de conocimiento no sería otra cosa que una situación tensional o conflictual entre el sujeto y el objeto. Cabría preguntarse, tal vez con muchas mejores razones, si la relación de conocimiento entre sujeto y objeto, no sería verdaderamente una philia, un acto de "amor" o, expresado de otra manera, una libido sciendi, es decir deseo de hacer entrar en sintonía isomórfica, si se nos permite la expresión, los procesos de la realidad exterior con los mecanismos y estructuras cognoscitivas; ya que tanto amor como conocimiento son, de alguna manera, actos de posesión del objeto. Lo que queremos significar es que en el proceso cognoscitivo entran en funcionamiento factores racionales, sensitivos, volitivos y afectivos, tal como decimos en nuestro ensayo inédito La conmoción cognoscitiva, en el que intentamos mostrar la insuficiencia de las epistemologías que prescinden del sujeto.
Si pensamos que lo social es un elemento esencial constitutivo del humano, debemos concluir que toda acción educativa sobre él ejercida deberá estar orientada a prepararlo para la vida social. Dado que en las sociedades democráticas el individuo va siendo, cada vez más, coparticipante en la vida de grupos, cuyas estructuras y dinámicas trascienden la autonomía personal, la influencia del grupo determina, en buena medida, el comportamiento de sus componentes. Es así que factores perturbadores, disgregantes o francamente patológicos, surgidos en el seno de un grupo, afectarán negativamente a los individuos. En tales casos la acción restauradora, paliativa y educativa debe ejercerse sobre el grupo en su conjunto. Acción sobre los individuos y sobre los grupos superando las maniqueas oposiciones entre hombre y mundo.
Se dirá que somos demasiado ingenuos y optimistas al sobrevalorar las posibilidades de una pedagogía social. No cabe otra actitud si se quiere evitar caer en una visión negativa del hombre y de la existencia. Que el universo cambia es un hecho de observación objetiva. Se producen mutaciones bruscas y modificaciones paulatinas de las cosas naturales y las cosas humanas. Si de algo no se puede dudar, en el estado actual de los conocimientos científicos, es que lo fijo, estable, permanente, no aparecen por ninguna parte en el cosmos. Por el contrario, el movimiento, el desarrollo, la transformación, la elevación hacia formas superiores de existencia, y también la decadencia, el desgaste, la muerte, son las notas esenciales de todo lo que está en el mundo. Un metafísico estaría tentado de metaforizar diciendo que la realidad es como un agujero por el que se cuela el ser, desde los orígenes hasta el fin de los tiempos. La conciencia, el sentimiento de que todo cambia, provoca en el hombre un estado de ansiedad, de temor ante lo que considera la pérdida de la seguridad y la protección que sumnistran las cosas firmes, los valoreo consagrados, las instituciones sólidamente establecidas. Es que el hombre suele delegar la tutela de su libertad en seres y cosas que le son ajenas. Ha alienado su condición de protagonista de la escena existencial al perder la comprensión racional de los agentes que la mueven; al ignorar quienes montaron el proscenio, quienes son los utileros, quienes confeccionaron el vestuario y quienes dirigen la escena.
De manera confusa o, a veces, con una visión más clara, se interroga: ¿Si todo está en proceso de perpetuo cambio, si no pisamos terreno firme, qué sentido tiene la existencia? Pero el sentimiento angustiado del cambio está coexistencialmente compensado, en condiciones normales, con un impulso poderoso hacia la perfección. La misma ciencia y más la filosofía, permiten afirmar que entre el cambio, la mutación, la degradación, y la armonía expresada en las leyes de la naturaleza, no hay incompatibilidad ninguna. El cosmos es orden, y ese orden es captable por el entendimiento. La formulación más acabada de esta idea la da la proposición hegeliana "todo lo racional es real, todo lo real es racional".
En el orden espiritual, se tiene conciencia de otra fundamental permanencia a través del cambio: la permanencia del orden ético. La condición de ser inacabado del humano es la raíz ontológjca profunda de su existencia. La conciencia y el sentimiento de sus virtualidades perfectivas lo han movido, individual y colectivamente, a querer alcanzar sucesivos grados de perfección. De ello nace la intención adulta de ayuda, de conducción, de acompañamiento en el proceso de advenir hombre o mujer de los seres inacabados. Tal el origen esencial de la voluntad de enseñar, de ser docente. La educación, en definitiva, es la acción reparadora de las situaciones de crisis.
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[1] Carlos París: Mundo técnico y exitencia auténtica. (1959)
[2] Antoine de Saint Exupéry: Tierra de hombres. (1939)
[3] Miguel de Unamuno: El sentimiento trágico de la vida. (1952)
[4] Edgar Morin: Para una crisología, en volumen colectivo El concepto de crisis, ed. Megápolis, Buenos Aires 1979, p.227 et passim.
[5] René Thom: Crisis y catástrofe, en El concepto de crisis, p. 68 et passim.
[6] René Thom: Matemática y teorización científica, en volumen colectivo: Pensar la matemática, ed. Tusquets, Barcelona 1984, p.139 et passim.
[7] René Thom: en Teoría de las catástrofes de A.Woodcock y Monte Davis, ed. Cátedra, Madrid 1986, p.98
[8] Cita extraída de L.A.Coser: Funciones del conflicto social, Fondo de Cultura Económica, México 1961, p. 19.

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