mayo 16, 2006

PAIDEIA ARGENTINA

Por Manuel Trejo

Cuando hube de elegir título para este trabajo, no pude resistir la tentación de parafrasear el de una obra que sigue ejerciendo gran fascinación sobre mi espíritu. Me refiero al ya clásico libro Paideia: los ideales de la cultura griega, de Werner Jaeger, en la excelente traducción al español de Joaquín Xirau y Wenceslao Roces, aparecida pocos años después de publicado el original alemán (Paideia. Die Fornung des Griechischen Menschen, 1933), reeditada en edición argentina el año 1993 [1]

En su extenso, erudito y bello estudio, Jaeger quiso reflejar el sentido esencial que la paideia tenía para los antiguos griegos. Advierte que es inevitable analizar el término con los conceptos modernos de civilización, cultura, tradición, literatura o educación, sin que ninguno, por sí solo, dé cuenta cabal del verdadero alcance que le asignaban; para ellos la paideia era a la vez el proceso ideal y material, espiritual y práctico, de la formación del hombre griego. Fue la semilla de lo que después sería el humanismo occidental, apuntado ya en santo Tomás, afirmado en Erasmo y expandido en el Renacimiento.

Puede parecer algo pretencioso llamar Paideia argentina este intento de dibujar el itinerario y describir el estado actual del desarrollo cultural y educativo de nuestro país, sobre todo teniendo en cuenta la modestia del presente ensayo comparado con la monumental obra de Jaeger. Sin embargo, creemos que en la segunda mitad del siglo XIX se dieron las bases de una paideia argentina si consideramos que una vez superados los inconvenientes de las luchas políticas y armadas de las primeras décadas de la Argentina independiente, especialmente a partir de la organización nacional, se incuba en sus principales protagonistas un auténtico proyecto civilizatorio, culturizador, socializador y educativo, orientado hacia el progresivo ingreso del país en la modernidad. Se trataba de construir, junto con los cimientos materiales de la nación, los marcos legales, institucionales y culturales necesarios para que el país, de mero "conglomerado de habitantes" instalados en un vasto y desierto territorio, pasara a ser una formación histórica singular, si bien tributaria por decisión propia de las ideas republicanas y democráticas predominantes en el mundo occidental. Como no podía ser de otra manera, no se borraron totalmente las características idiosincrásicas acuñadas durante el período colonial: la impronta de lo español quedaría indeleblemente instalada en lo profundo del ser nacional argentino, para, en conjunción con las "vivencias telúricas americanas" compartidas con indios y mestizos, constituirse en el núcleo receptor de los modos culturales traídos por las grandes corrientes inmigratorias.

Nacía a la faz de la Tierra "una nueva y gloriosa nación". Destacamos lo de gloriosa, no porque la "gloria" hubiera sido un ingrediente constitutivo y motivador del nuevo país, sino porque en ese verso del himno nacional parece como si, en la etapa fundacional de la Argentina moderna, se hubiera querido simbolizar una epopeya sobre la que sería posible hacer brotar, más allá de la metáfora y mediante el eficaz instrumento de la educación común, los ingredientes míticos necesarios para desarrollar el sentimiento de patria: exaltación de los héroes nacionales, descripción valorativa de los símbolos patrios, construcción de una poética de lo argentino nuevo, conmemoración de las fechas patrias. En mi opinión, habría faltado una verdadera épica, reflejada en las correspondientes formas literarias exaltatorias. Más allá de sus indiscutibles valores literarios, en el Martín Fierro de José Hernández veo más la expresión de una poética agónica que un canto de gesta heroica.

Alguna vez habrá que investigar la psicogénesis del patriotismo o, dicho de otra manera, plantear la cuestión de cómo se instala el sentimiento de patria durante el desarrollo de la personalidad del niño, y qué factores lo fortalecen o lo debilitan durante el crecimiento hasta la edad adulta. No se trata de empezar con la definición retórica de patria y a partir de ella verificar que comportamientos se le ajustan. A nadie se le ocurriría definir primero lo que sea el amor para decidir después, mediante un razonamiento lógico, si el sentimiento que lo conmueve profundamente ante la presencia de tal o cual persona, es en realidad un enamoramiento. Es que subjetivamente los sentimientos no son lógicamente definibles; sólo son experimentables en situaciones vitales determinadas, en las que la relación sujeto-objeto no es una relación cognoscitiva; es más bien una relación entre polos afectivos dada en el universo simbólico en el que transcurre la existencia. Queremos decir que para manifestarse, los sentimientos requieren estímulos -la mayoría de las veces, bajo la forma de signos y símbolos combinados en estructuras significativas con carga afectiva-, capaces de suscitar imágenes mentales desencadenantes de sentimientos dirigdos a objetos y personas determinados. El patriotismo -el sentimiento de patria-, no surge espontáneamente: requiere para instalarse de unos escenarios apropiados, entre los cuales el más importante es el medio escolar. ¿Quién no recuerda la emoción que en nuestra sensibilidad de niños provocaban los actos patrióticos? Entonar el himno y las canciones patrias, izar la bandra en el mástil, desfilar en la plaza principal al compás de una marcha. Todas experiencias impregnadas de valor simbólico, que se incorporaban al bagaje mítico que nutre la imaginación infantil; a las que habría que agregar el sentimiento de veneración fundado en el carácter heroico atribuido a los personajes arquetípicos de la historia nacional. Ese bagaje mítico terminaba por objetivarse tanto en los "símbolos patrios" como en los "héroes o padres de la nación" y paulatinamente, durante el desarrollo y la maduración, se transformaba en el sentimiento compartido de un destino común, personalizado en el "compatriota".

Como enseña la psicología profunda, las formas simbólicas que expresan contenidos con estructura y sentido míticos, se van incorporando al inconsciente colectivo de la sociedad; por lo tanto, podrán debilitarse, perder operatividad en determinadas etapas de la vida, pero no desaparecerán de los estratos profundos de la personalidad de modo tal que, ante circunstancias favorables, recuperarán su potencial como motivantes de la conducta.

El sentimiento de pertenencia es uno de los factores fundamentales en la formación de la identidad personal. Nos animamos a afirmar que el sentimiento de patria marca una especie de frontera, más allá de la cual es difuso el sentimiento de pertenencia. Uno "siente vitalmente" que la patria lo contiene convivencialmente con los compatriotas; en cambio, uno "sabe intelectualmente" que la humanidad lo abarca con todos los hombres. La patria se siente, la humanidad se intelige.

El regreso imaginativo al pasado -porque "todo tiempo pasado fue mejor"-, es según Mircea Eliade un componente esencial de las estructuras arcaicas de la personalidad, y una manifestación dinámica de lo mítico; dinámica que, por su propia naturaleza, se dirige también al futuro: una vida mejor, una sociedad sin clases, una tierra prometida..., una existencia celestial, la vida eterna. Y más acá...una patria en la que reine la armonía, impere la justicia, y existan para todos por igual las mismas oportunidades para el desarrollo personal en lo material, lo cultural y lo espiritual. Y esta que me atrevo a definir dimensión escatológica del sentimiento patriótico es la que se ha venido debilitando hasta casi desaparecer del horizonte existencial de los argentinos, que de ella parecen percibir sólo las figuras apocalípticas que, apelando a todas sus potencias destructivas, tratan de impedir que el "reino de la libertad" (vivir gozosamente, trabajar, educarse, amar, criar hijos sanos y felices, crear, cultivar amistades, envejecer dignamente, venerar cada uno a su dios o al Dios único, orar, cantar, bailar), impere sobre "el reino de la necesidad", y lograr así que estas comarcas sean realmente una verdadera patria.

Si, como creemos, hubo una paideia argentina, ¿podemos afirmar que exista todavía como sustrato y motor del devenir nacional, o padecemos un alarmante proceso de disgregación, de pérdida de conciencia histórica, de exceso de conflictividad, de altos índices de desigualdad con sus correlatos la exclusión social y cultural, de alarmantes signos de desespiritualización, todo lo cual puede hacer pensar que estamos inmersos en un decurso irreversible que nos conduce hacia la decadencia final?

Creemos que no ha de ser así. Este ensayo es un intento -que se pretende combinación sincrónica de idealismo y realismo -, de recuperar la paideia primordial que acompañó el nacimiento de la Argentina moderna.

--------------------------------- [1] Werner Jaeger, Paidea: los ideales de la cultura griega, ed. Fondo de Cultura Económica de Argentina, Buenos Aites 1993.

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